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El Origen de mi Familia

  • Foto del escritor: Alberto
    Alberto
  • 3 may 2023
  • 2 Min. de lectura

El verano del 94 en Benicasim fue especial, aunque en ese momento nadie podía imaginarlo. Mis padres, dos jóvenes que apenas se conocían, compartían un destino común, sin saberlo. Mi padre, un tipo práctico y sencillo, había decidido pasar un verano fuera de su rutina habitual. Se dejó arrastrar por un amigo a esa playa mediterránea, buscando algo de desconexión, un poco de brisa y quizás, con suerte, algún romance pasajero. Mi madre, por otro lado, había aterrizado en Benicasim con una amiga de la universidad. Había pasado un año estresante con los exámenes finales, y ese agosto se lo tomó como un premio, un paréntesis dorado en su vida.


Las primeras horas de aquel día transcurrieron como cualquier otra. La playa estaba repleta de sombrillas de colores vivos y el sol, alto en el cielo, no daba tregua. Ellos no se conocían aún. Mi padre estaba en una esquina de la playa, como si el lugar le fuera ajeno, adaptándose al bullicio veraniego. Mientras tanto, mi madre charlaba alegremente en un grupo que parecía haber ensayado esa escena muchas veces, compartiendo confidencias bajo el amparo de una sombrilla rayada.


El azar, siempre caprichoso, los unió de la manera más banal: una pelota de playa perdida. Mi padre, con su habitual torpeza, intentó devolverla pero terminó tropezando con la arena y lanzándola aún más lejos, justo a los pies de mi madre. Ella lo miró con una mezcla de burla y ternura, y ahí, en medio de risas nerviosas y comentarios casuales, empezó todo. Él, haciendo gala de su peculiar sentido del humor, hizo una broma sobre lo pésimo que era con cualquier cosa redonda, mientras ella le corregía su postura de lanzador amateur. Así, entre risas y el sonido de las olas, empezaron a hablar.


Aquellos días fueron una sucesión de encuentros fortuitos que rápidamente dejaron de serlo. Benicasim, con su paseo marítimo, sus chiringuitos y esas noches en las que parecía que el verano no terminaría nunca, fue el escenario perfecto para algo más que unas vacaciones. Fue el principio de lo que, treinta años después, se sigue recordando en las cenas familiares, con alguna anécdota repetida y otras tantas nuevas que siempre salen a relucir. Mis padres volvieron a sus respectivas ciudades, pero ya no eran los mismos. El verano había hecho su magia, y lo que parecía una coincidencia se convirtió en una historia que aún sigue escribiéndose.




Treinta años después, ese verano en Benicasim sigue siendo un relato que se cuenta con nostalgia, de esos que tienen su lugar en los recuerdos más cálidos. Y, aunque ellos no lo sabían entonces, el destino ya había empezado a trazar las líneas de la familia que hoy somos.

 
 
 

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