Hasta junio... pero ahora, ¿qué?
- Alberto
- 8 may 2024
- 3 Min. de lectura
Se acerca junio y con él, los primeros días de calor, las terrazas repletas y, por supuesto, los alquileres por las nubes. También se acerca algo que ya me venía temiendo desde hace un tiempo: la familia de Andrés se va a instalar en su apartamento de verano. Y claro, eso significa que mi tiempo en este pequeño oasis llamado Benicasim tiene fecha de caducidad. Tengo que irme.

No es que no lo supiera. Desde el principio, Andrés me lo dejó bien claro. El apartamento de sus abuelos era solo un préstamo temporal hasta que sus padres llegaran a disfrutar del verano en la costa. Pero claro, una cosa es saberlo y otra muy distinta es enfrentarte a la realidad: me quedo sin sitio donde vivir. Y ahora me toca buscar una nueva solución.
No creí que sería tan complicado. En mi cabeza, Benicasim seguía siendo ese lugar tranquilo donde no habría tanta demanda fuera de la temporada alta. Pero... me equivoqué. El mercado de alquiler en verano es otra cosa. Apenas empecé a mirar opciones y ya me di cuenta de que el precio de los alquileres se dispara en junio, como si de repente los dueños de los apartamentos se volvieran expertos en aprovechar el pico turístico.

Las primeras búsquedas en internet fueron un jarro de agua fría. Apartamentos pequeños y más antiguos que la Constitución... a precios que rivalizan con los alquileres en Madrid. No es que no lo esperara, pero ver los números en la pantalla multiplicados por cuatro respecto a los meses de invierno te deja pensando si merece la pena. Un simple estudio en la playa que en invierno costaba 400 euros la quincena ahora supera los 1.500 en verano. Una locura.
Inicié una búsqueda incesante, casi desesperada, a la caza de algún chollo que no parezca salido de otro planeta. He hecho llamadas, enviado correos y hasta me he pasado por las inmobiliarias locales. "En verano todo sube, ya lo sabes", me repetían como si esa frase fuera una especie de mantra que aceptan con resignación. Yo lo sé, claro que lo sé, pero eso no lo hace menos frustrante.
La alternativa de compartir piso no me resulta del todo atractiva. Uno de los encantos de haber vivido en el apartamento de Andrés era tener mi propio espacio, un lugar donde podía trabajar en paz y disfrutar del día a mi ritmo. Pero compartir con desconocidos durante el verano suena más a una aventura caótica que a una solución viable.
También consideré mudarme a algún pueblo cercano, pero ¿de qué me serviría? La razón por la que vine a Benicasim fue precisamente para estar cerca de la playa, de la vida tranquila y del mar. Si me voy tierra adentro, perdería lo mejor de estar aquí.
Así que aquí estoy, con la cuenta atrás activada, revisando cada rincón de internet y cada contacto en mi móvil, esperando que surja algo que no sea un disparate. Pero, por ahora, lo que he aprendido es que en esta época del año todos están a la caza de lo mismo: un espacio para disfrutar del sol, el mar y las vacaciones, y los propietarios lo saben bien.
Hasta junio tengo tiempo, sí. Pero ¿y después? Es la gran pregunta. Me siento en esa línea divisoria entre la calma que he disfrutado durante estos meses y el caos que trae el verano. Lo más curioso de todo es que, a pesar de todo, no quiero irme. Este lugar se ha metido en mí más de lo que esperaba, y aunque la búsqueda se esté complicando, no puedo evitar pensar en maneras de quedarme.
Así que seguiré buscando, negociando, cruzando los dedos y esperando que, de alguna forma, Benicasim siga siendo mi refugio. Porque lo que empezó como una escapada temporal, ahora se siente más como mi hogar, y no estoy listo para dejarlo ir tan fácilmente.
Comments