top of page
Buscar

La soledad pero tranquilidad de invierno en Benicasim

  • Foto del escritor: Alberto
    Alberto
  • 20 sept 2023
  • 2 Min. de lectura

Benicasim en invierno no es el lugar que aparece en las fotos veraniegas de Instagram. No hay sombrillas alineadas a lo largo de la playa ni niños chapoteando en el agua. Las terrazas están vacías y el paseo marítimo, donde en agosto cuesta encontrar sitio, se convierte en un pasillo desierto que cruza el frío viento del Mediterráneo. Pero ese es precisamente el encanto de esta época. Benicasim en invierno tiene una calma que nunca se experimenta en temporada alta.


Llegué solo esta vez. Sin Andrés, Javier o Juan, el apartamento de los abuelos de Andrés se sentía distinto. La última vez que estuve aquí fue en pleno verano, con las risas y el bullicio que acompañan a las escapadas con amigos. Pero ahora, a principios de enero, el silencio era el verdadero protagonista. Despertarme y no escuchar más que el murmullo del viento era extraño, pero no incómodo. Había algo reconfortante en esa ausencia de ruido.


El pueblo estaba apagado, casi en pausa. Los locales cerrados hasta nuevo aviso, las casas vacías de turistas. Solo los residentes habituales, un puñado de almas, deambulaban por las calles, saludándose entre ellos como si fueran parte de una pequeña comunidad secreta que solo sobrevive en los meses de frío. Me uní a ese ritmo pausado, paseando por la playa vacía, sintiendo que el mar era solo mío. Los días pasaban sin que el reloj pareciera tener importancia.


Me senté en la misma terraza donde había compartido cañas con mis amigos meses antes, pero ahora el camarero parecía sorprendido de tener un cliente. Pedí un café, aunque era más por el gesto que por el calor, y me quedé observando cómo el sol intentaba calentar una playa vacía. La tranquilidad que buscaba, esa que nunca encuentro en Madrid, estaba aquí. En la soledad de Benicasim en invierno, encontré un refugio.




Había algo en la simplicidad de las mañanas que me hacía recordar por qué necesitaba este descanso. No había obligaciones, ni planes concretos. Solo el tiempo, el mar y yo. Las tardes eran para caminar sin rumbo, dejándome llevar por el paisaje. Las montañas a lo lejos, la brisa fresca, el cielo gris claro que prometía que la tormenta no llegaría, al menos no por ahora. Era un tipo diferente de libertad, una que no requería ruido ni compañía.

Quizás el mejor momento llegó una noche, cuando el viento se calmó y pude escuchar las olas romper suavemente en la orilla desde el balcón. Me di cuenta de que esta soledad, que a veces nos asusta tanto, puede ser justo lo que necesitamos. Benicasim, en su quietud invernal, me ofrecía lo que el verano nunca podría: la paz de estar solo y no tener que explicárselo a nadie.


Al final, no me quedé mucho. No hacía falta. A veces, un par de días bastan para recargar las pilas y volver a la rutina sabiendo que hay un lugar al que escapar cuando el ruido de la vida cotidiana se vuelve demasiado. Benicasim en invierno es eso: un espacio vacío, pero lleno de tranquilidad. Un lugar donde el tiempo se detiene y solo queda el sonido del mar.

 
 
 

ความคิดเห็น


bottom of page