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Los mejores en Benicasim

  • Foto del escritor: Alberto
    Alberto
  • 5 ago 2023
  • 2 Min. de lectura

Andrés apareció con la idea cuando ya estábamos a punto de rendirnos al clásico plan de quedarnos en Madrid un finde más. "Mis abuelos nos dejan su apartamento en Benicasim, ¿quién se apunta?", soltó entre cervezas un martes de agosto. No tardó ni diez minutos en recibir la confirmación de tres tipos que, sinceramente, solo necesitaban la excusa perfecta para escapar de la ciudad. Andrés, Javier, Juan y yo. Cuatro amigos, un coche prestado y la costa esperándonos. Era nuestro momento.


El apartamento de los abuelos de Andrés no es ningún palacete, pero después de meses de calor asfixiante en Madrid, nos pareció el mejor refugio posible. Un lugar con vistas al mar, un par de habitaciones, un salón lo suficientemente amplio para estirarse al caer la tarde y, sobre todo, a diez minutos de la playa. La libertad absoluta en formato fin de semana.



Javier fue el encargado de organizar la primera actividad del viaje: "Hoy toca paella, y luego playa, sin discusión". No seré yo quien se oponga a esos planes. Fuimos al mercado, discutimos sobre qué arroz era el correcto, y luego nos plantamos en la cocina, como si supiéramos lo que hacíamos. La paella resultó ser más o menos comestible, pero a nadie le importaba. Nos reímos como siempre, con Javier exagerando el movimiento de la cuchara, Andrés regañando porque le habíamos puesto demasiada sal, y Juan pidiendo que "dejáramos la cocina como la encontramos", aunque todos sabíamos que eso jamás sucedería.


El resto del finde fue un cúmulo de momentos que sólo ocurren con los de siempre. Las conversaciones profundas después de demasiadas cervezas, los planes improvisados que terminan siendo los mejores, y ese sentimiento de pertenecer a algo único, solo por estar juntos. Nos fuimos a una cala escondida que Andrés había descubierto años atrás con su familia. Allí, el sol se resistía a bajar, y nosotros nos resistíamos a pensar en el lunes. Nadamos hasta agotarnos, reímos hasta que dolía, y dejamos que las olas nos recordaran que, aunque esos días iban a terminar, había algo en ellos que siempre sería nuestro.


El domingo fue diferente. Nos levantamos más tarde de lo planeado, y el tono de la conversación bajó un par de decibelios. Quizá era la resaca, o quizá simplemente sabíamos que el fin de la escapada estaba cerca. Juan sugirió que hiciéramos una foto para recordar el momento, aunque él nunca es de esos gestos. Le dije que no hacía falta. "No vamos a olvidarlo", le respondí. Y tenía razón. Nadie olvida el primer verano en Benicasim con los amigos, mucho menos cuando esos amigos son los mejores.


Al final, recogimos nuestras cosas, dejamos las llaves bajo el felpudo como nos había indicado Andrés y nos montamos en el coche. El viaje de vuelta fue silencioso, pero no porque estuviéramos tristes. Creo que, más bien, estábamos pensando en cuándo sería la próxima vez. Porque la habrá, de eso estoy seguro.

 
 
 

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