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No soy un ermitaño, hay más vida de la que parece

  • Foto del escritor: Alberto
    Alberto
  • 10 ene 2024
  • 3 Min. de lectura

Cuando decidí mudarme a Benicasim, una de las advertencias más recurrentes que recibí fue que me iba a convertir en un ermitaño. "Allí en invierno no queda ni Dios", me decían. "Te vas a aburrir", añadían con tono profético. Y sí, admito que las primeras semanas, con ese silencio tan característico de los meses fríos, me hicieron dudar un poco de mi decisión. Pero lo que nadie me dijo es que Benicasim no está tan vacío como parece. De hecho, hay más vida de la que uno podría imaginar.


Una de las primeras cosas que descubrí es que el pueblo tiene mucho más que ofrecer de lo que aparenta en esos paseos matutinos de calles tranquilas. A pocos minutos de mi apartamento, encontré restaurantes que bien podrían estar en pleno centro de Madrid. El Pinar es uno de mis favoritos; con su terraza escondida entre árboles y un menú que siempre sorprende, me ha salvado más de una noche de pereza culinaria. Y si me apetece algo más informal, Los Delfines, junto a la playa, tiene una paella que te reconcilia con la vida y unas vistas que no se cansan de recordarte por qué te viniste aquí.


Pero no es solo la comida lo que me hace sentir que he hecho lo correcto al mudarme. A lo largo de estos meses, he ido conociendo a gente que, como yo, ha encontrado en Benicasim ese equilibrio entre la calma y la actividad. Gente que no solo llena mis días, sino que me recuerda que no estoy solo en este rincón del Mediterráneo.


Los primeros en acercarse fueron Carmen y Sergio, una pareja que lleva años viviendo aquí. Me los encontré en el gimnasio (sí, también tengo uno cerca) y después de coincidir varias veces, acabamos hablando como si nos conociéramos de toda la vida. Ahora, casi cada semana hacemos alguna ruta de senderismo por los alrededores, y luego nos sentamos a comer en algún bar del puerto. Sergio tiene la habilidad de encontrar lugares escondidos con comida casera que te hace pensar en las recetas de tu abuela.




Luego está Carlos, un vecino que conocí en la playa mientras corría (o al menos intentaba hacerlo). Al principio, solo nos saludábamos con un gesto, pero una tarde nos pusimos a hablar sobre lo absurdo que es intentar ponerse en forma después de tantas cervezas de verano, y desde entonces solemos entrenar juntos. Es una especie de ritual: una sesión de gimnasio por la mañana y luego un café en el paseo, comentando lo que sea, desde política hasta el último partido del Valencia.


Y así, poco a poco, mi círculo ha ido creciendo. Con Nuria y su grupo de amigos ya he compartido un par de comidas y alguna escapada en coche por la costa. Son de esos que organizan planes sin complicaciones, y si te apetece te unes, si no, nos vemos la próxima. No es ese compromiso rígido de la ciudad donde tienes que cuadrar agendas semanas antes.


Benicasim tiene su propio ritmo, pero no significa que esté muerto, ni mucho menos. Lo que pasa es que la vida aquí no te grita, te susurra. Te invita a encontrar los momentos, los lugares y las personas que dan sentido a todo esto. No soy un ermitaño. Todo lo contrario: he encontrado más vida de la que esperaba. Aquí hay espacio para el descanso, sí, pero también para la amistad, la actividad y los nuevos comienzos.


Y lo mejor de todo es que, aunque la playa pueda parecer desierta un martes de enero, siempre hay alguien con quien compartir una conversación, una comida o una cerveza. Porque, al final, lo que importa no es el número de personas a tu alrededor, sino las conexiones que haces. Y en Benicasim, esas conexiones son más profundas de lo que uno podría imaginar.

 
 
 

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