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¿Por qué no había venido nunca?

  • Foto del escritor: Alberto
    Alberto
  • 18 jul 2023
  • 2 Min. de lectura

Es curioso que, con la cantidad de veces que he escuchado hablar de Benicasim, nunca antes me había dado por venir aquí. Y la verdad es que tengo mis razones. No soy de la costa mediterránea; nací en Madrid, una ciudad que en verano se transforma en un horno y en la que, aunque parezca contradictorio, es donde más horas he pasado durante la época estival.


De pequeño, mientras muchos se escapaban hacia las playas del Levante, mi familia optaba por el sur. Mis recuerdos estivales no están ligados al aroma a paella ni a las playas de arena fina de la Comunidad Valenciana. Nosotros éramos más de Andalucía, de esas largas tardes de siesta y de paseos por el casco antiguo de cualquier pueblecito blanco. Veranear en el sur era casi una tradición familiar. Mis padres nos llevaban cada año, y poco a poco, esas visitas a Cádiz, Huelva o Málaga se convirtieron en el refugio veraniego al que siempre volvíamos. Así, Benicasim se fue quedando como un destino no explorado, como una postal bonita, pero lejana.


Y luego, claro, estaba el trabajo. El verano, al contrario de lo que podría pensarse, nunca fue sinónimo de descanso para mí. Desde los 18, cada vez que llegaba el calor, yo me quedaba en Madrid, trabajando. Ya fuera echando horas en una tienda, en un bar o incluso haciendo algunos proyectos de freelance, siempre había algo que hacer y, de nuevo, Benicasim quedaba descartado. La idea de pasar un par de semanas en la playa, sin preocupaciones, me parecía algo reservado para otros.




Además, hubo un tiempo en el que mi brújula cambió de dirección por completo. Alemania. Pasé varios años viviendo en ese país donde los veranos eran templados y las vacaciones se contaban de otra forma. Allí, la costa mediterránea parecía todavía más lejana, algo exótico. Ver los Alpes al otro lado de la ventana mientras trabajaba o caminaba por las calles de Berlín me distanció aún más de este pequeño rincón costero.


Y así fue como, durante muchos años, Benicasim no existió en mi mapa personal. No era ni por falta de ganas, ni por ignorancia, sino por esas circunstancias que van moldeando los caminos que recorremos. Por eso, cuando finalmente llegué aquí, cuando por fin mis pies tocaron esta arena, no podía dejar de pensar en por qué no lo había hecho antes. El mar frente a mí, las historias que había escuchado durante años, la tranquilidad del lugar... Todo parecía estar en su sitio. Como si Benicasim hubiera estado esperando pacientemente mi llegada.


Quizás, a veces, simplemente no es el momento adecuado. O tal vez, al final, siempre hay un destino que se resiste hasta que estamos listos para descubrirlo.

 
 
 

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